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Los Regionalismos en el siglo XXI: aspectos conceptuales y perspectiva metodológica.

 

I) Del regionalismo abierto al regionalismo continental.

En lo que va del siglo XXI varios acontecimientos muestran en América Latina y en la región del Caribe, una tendencia que evoluciona hacia mayores niveles de concertación de políticas en varias áreas, de concreción de iniciativas y de nuevos proyectos subregionales que ha generado un mayor protagonismo de algunos países de la región en el escenario internacional. La creación de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) en 2008, la decisión de constituir en 2010 la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en 2010 y el nuevo rol de Brasil como global player, son muestra de la nueva dinámica que se ha gestado en el espacio latinoamericano y caribeño.

Estos acontecimientos, se producen en concordancia con otros fenómenos. Por un lado, el cambio de prioridades en el proceso regional del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), por consecuencia de varios factores, entre ellos el denominado: “giro progresista” de los países que conforman el bloque, la política de adhesión de nuevos socios, el “efecto desgaste” del bloque debido a la ineficiencia de los países del bloque para cumplir el Tratado de Asunción, las negociaciones extra-bloque, en la búsqueda de nuevas alianzas comerciales (con la Unión Europea) y el fracaso de las medidas económicas del modelo de desarrollo neoliberal de los últimos años. Por otro, el debilitamiento de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), el surgimiento del Alianza Bolivariana para América- Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) y la reciente consolidación de la (Alianza del Pacífico) en 2011, replantea algunos de los temas de análisis que se han planteado, y que refieren a la profundidad y amplitud de los cambios en los esquemas subregionales, a las características y contenidos de los mismos. A su vez, otro punto de relevancia se refiere a las posibilidades de articulación y/o convergencia entre estos distintos ámbitos de inserción.

Finalmente, el rol de los estados, en particular de Brasil, en tanto principal articulador del espacio sudamericano y del MERCOSUR, con una proyección global que lo ha llevado a reclamar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas pudiendo establecerse como el grupo de países más poderosos del mundo. Por otro lado, Brasil también es miembro del grupo selecto de “economías emergentes”, el denominado BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), como también de IBSA (India, Brasil y Sudáfrica), de similares características, pero con una visión desde el “Sur”.

Si bien para lograr un análisis acabado sobre el regionalismo del siglo XXI aún se necesita un tiempo prudencial para dimensionarlo y caracterizarlo, a pesar de ello resulta relevante el seguimiento constante de los diferentes cambios que se presentan a nivel regional como internacional. Este punto de partida lleva a preguntarnos sobre las distintas formas y los contenidos del regionalismo en el mediano y largo plazo, sobre su construcción, las agendas y sus temáticas, como los objetivos prioritarios de política exterior de cada uno de los países y en los principios en los cuales se rigen.

Una de las cuestiones básicas a encarar para poder continuar analizando el fenómeno del regionalismo en el continente, es el de sistematizar y analizar el conjunto de actores, procesos y movimientos que se están produciendo en distintos ámbitos y niveles. Ello quiere decir, el atender a lo que nos va presentando la realidad, para poder integrarla en el marco explicativo adecuado. Ello requiere definir algunos lineamientos de trabajo que posibiliten la implementación de un Observatorio sobre los regionalismos en América Latina y el Caribe.

II) Observatorio de Regionalismos en América Latina y el Caribe: lineamientos de trabajo y dimensiones analíticas.

Diseñar e implementar un Observatorio sobre Regionalismos en América Latina y el Caribe implica primeramente definir las características y prioridades del regionalismo del siglo XXI y otorgar a las mismas un marco explicativo. Al respecto, de forma sucinta, pueden señalarse un conjunto de elementos que nos muestran un cambio del regionalismo sudamericano en esta primera década del siglo XXI en relación a los años noventa. Este regionalismo “continental” tiene algunas características que lo diferencian del regionalismo “abierto” entre las cuales, se encuentran las siguientes:

•El reconocimiento del papel regulador del Estado;
•La reorientación de prioridades, con la inclusión de los temas de las agendas domésticas nacionales en la agenda regional (y también en la definición de las agendas externas);
•La relevancia de la cooperación internacional como instrumento fundamental para los avances del proceso regional;
•La importancia de las nuevas formas de gobernanza en el marco de la cooperación sur-sur.
•La preeminencia que le han asignado al marco latinoamericano, los países, para la definición de instancias específicas: político-estratégicas (seguridad, institucionalidad, defensa, financiera).
•La prioridad que ha asumido la región para Brasil, en su dimensión global/mundial.
•La importancia de los recursos naturales de la región en función de los debates globales (ambientales, energéticos, alimentarios, etc.)

En los últimos años, han tomado cada vez mayor presencia las manifestaciones vinculadas a los límites sistémicos de la globalización, que se expresan ecológicamente (alimentos, cambio climático, recursos naturales), energéticamente (recursos naturales, energías alternativas) y en la disponibilidad de recursos naturales (alimentos, energía, capacidades para continuar con el desarrollo). Los límites sistémicos se materializan en los distintos ámbitos internacionales de negociación.

De esta manera, la regionalización también adquiere un componente cada vez mayor de poder, vinculado a los paquetes negociados en las nuevas instancias de negociación global. Como la lógica de negociación a nivel internacional continúa estando en manos de los estados, las capacidades de estos, pasan a tener un valor agregado en la medida que pueden “representar” una región y a su vez manejar recursos de poder en los distintos escenarios en que se negocian diversos temas estratégicos.

De esta forma, la articulación Estado-Región y de los contenidos e instrumentos que se otorgue al regionalismo pasa a constituir un elemento clave en la composición y definición de la estructura de poder internacional.

Estos diversos niveles en los que se expresa el regionalismo patenta la complejidad del fenómeno en tanto es una vía en que transitan permanentemente los flujos globales y las respuestas e iniciativas desde los Estados. Las capacidades de estos, de aprovechar el regionalismo en tanto articulador con el nivel mundial es un indicador de sus recursos y del incremento de su potencial, en particular de algunas de sus competencias. Por otra parte, las instituciones regionales se relacionan e insertan cada vez más con las estructuras económicas internacionales, lo que deriva en la construcción de un diseño-mundo que tiene distintos niveles (subestatal, estatal, regional, mundial) y ámbitos (geopolítico, geo-económico, comercial, tecnológico, sectorial) en las organizaciones multilaterales. En la medida que el regionalismo se expresa también en distintas instancias del escenario internacional, ya sea como bloque o como espacio diferenciado, tiene el potencial de generar ideas, iniciativas y participar en las instituciones y en la implementación de programas y acciones.

El regionalismo tiene en el siglo XXI un punto de partida en la dimensión económica y política (internacional, regional, nacional y local), pero también posibilita viabilizar respuestas a los límites sistémicos de la globalización desde el Estado y hacia el mundo externo. Por otra parte, el regionalismo tiene una faceta social y de gobernanza, estructurando un nuevo orden internacional, en su función de articulación con los objetivos del milenio (ODM) y de otros objetivos incluyentes como lo es la cohesión social.

En la medida que algunas de las características principales del regionalismo del siglo XXI tienen que ver con una nueva mirada de la agenda político-social doméstica, de los “intereses nacionales” (y no solamente del interés nacional), de la revalorización de los recursos naturales, de la vigencia del patrimonio latinoamericano vinculado a la integración y sobre todo a la cooperación regional, de la concertación política en materia de democracia, paz y (ahora) también diversidad cultural y étnica, del desarrollo humano (y no solamente desarrollo), del crecimiento económico y de la presencia política en un mundo global, los lineamiento de trabajo deberán necesariamente centrarse en una dimensión que no atañe solamente los resultados y avances de un proceso de integración en sentido estricto.

De ahí, que para ubicar los lineamientos de trabajo, podríamos configurar los siguientes:

a. Lineamiento institucional: sudamericana (prioritariamente UNASUR, Banco del Sur, espacio de Defensa, otros macro-región), pero también los referidos a la canalización de controversias fronterizas, ambientales, sobre recursos naturales entre diversos países, regiones o Estado-particulares (Empresas Transnacionales o bien comunidades o agrupaciones);
•eje de la estrategia nacional – regional – global y global-regional de Brasil;
•eje del desarrollo de la infraestructura regional sudamericana (predominante y prioritariamente IIRSA) y consecuencias que acarrea en países, regiones y comunidades;
•eje de las prioridades que asumen estos emprendimientos (y el regionalismo) en las políticas (no solamente exteriores) de los países de la región;
•eje específico de las líneas (temas) de cooperación-conflicto en las políticas (que se expresan predominantemente en políticas exteriores) de los países de la región;
•eje de los procesos regionales de integración (estrategia y resultados) (MERCOSUR – CAN principalmente);

Estos lineamientos de trabajo, serán los ejes ordenadores que permitirán un abordaje de los regionalismos en América Latina y el Caribe. La introducción de las distintas dimensiones a un banco de datos sobre regionalismos complementa el abordaje metodológico y contribuye a la discusión conceptual de este fenómeno.

Las dimensiones a considerar en una primera aproximación son: la internacional, la global/mundo, la dimensión de recursos naturales, la institucional, la referida a los proyectos regionales, la dimensión de políticas exteriores entre países de la región; la dimensión ambiental y la dimensión regional-comunitaria.

Brasil en su política exterior y en su proyección regional atraviesa prioritariamente las distintas dimensiones. Por ello podría ser considerado específicamente en el Observatorio, aun cuando se incluya en las otras dimensiones.

La dimensión internacional tiene como objetivo ubicar a América del Sur en el sistema internacional (económica, comercial, política, militar, otros).

La dimensión global tiene como objetivo ubicar la región en los asuntos globales (energía, cambio climático), en las posiciones políticas de los países en las Cumbres globales, como en los compromisos asumidos y recursos específicos.

La dimensión de recursos naturales tiene como objetivo expresar la importancia de la región en los diversos recursos naturales (estratégicos o vitales).

La dimensión institucional tiene como objetivo identificar los avances en la construcción regional sudamericana. Esta dimensión se refiere no solamente a la construcción macro – regional, sino también como se especificó anteriormente a las instancias de resolución de controversias y diferendos entre países y con particulares. Por ello, esta dimensión se cruza (y abarca parte de) la referida a los proyectos regionales, la dimensión ambiental y la dimensión regional comunitaria.

La dimensión referida a los proyectos regionales atañe principalmente a la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA), la cual se encuentra hoy día dentro del Consejo Suramericano de Infraestructura y Planeamiento (COSIPLAN) en UNASUR, y las consecuencias que genera entre países, a nivel regional, ambiental, entre comunidades. Esta dimensión tiene su especificidad, aunque también su marco ordenador, consecuencias y alcances se cruzan con la dimensión institucional, ambiental y comunitaria.

La dimensión referida a las políticas exteriores entre países de la región tiene como objetivo visualizar los acuerdos y líneas de cooperación que se forjan y concretan los países entre sí. Este “mapa” especifico de políticas exteriores de los países tiene su especificidad en el Observatorio en función de los acuerdos regionales o bien de la evolución del modelo de regionalismo (ejemplo de los acuerdos Argentina – Venezuela, o bien Brasil – Argentina). También posibilita ubicar las líneas de fractura entre países en una díada cooperación/conflicto.

La dimensión ambiental atañe las políticas y acuerdos ambientales que definen los países a nivel regional o en acuerdos entre países o en regiones fronterizas. Si bien hay una dimensión global y una macro – regional que se expresa en los proyectos del IIRSA, importa la regional vinculada a los procesos de integración y la referida a los acuerdos entre países. De ahí que se cruza esta dimensión con otras dimensiones, aun cuando tenga su especificad.

La dimensión comunitaria focaliza en las prioridades, agendas y reivindicaciones de las comunidades de la región sudamericana y en la manifestación en relación a situaciones que se generan. Esta dimensión es una expresión de los nuevos tiempos (y de la nueva agenda) sudamericana y atañe la expresión de distintos movimientos (Sin Tierra en Brasil por ejemplo), comunidades étnicas (los aymará, mapuches, entre otros) y su expresión en términos regionales y de reivindicación referidos a procesos regionales (agua, territorios, entre otros).

Estas dimensiones como se señala (y sugiere) tienen varios indicadores que completan la idea del Observatorio. La lógica del mismo tiene como objetivo ubicar datos de un proceso en movimiento. Por ello, necesariamente se asienta sobre el movimiento, la dinámica y por ende no tendrá un “final”.